
Esta parte del mundo que habitamos, la occidental, la que de momento no sangra sino que contempla la matanza, parece encontrar cierta sensación de seguridad llenándose de protocolos de bienestar.
Si estás leyendo esto, probablemente tú también estés inundada por todos lados con información sobre salud: desde recomendaciones sobre cómo tomarte las semillas chía, al tipo de deporte adecuado para esto o aquello, a las métricas del relojito ese que todo lo sabe y si el sueño tiene que ser así o asá para que el cortisol no suba demasiado.
Uno de los antídotos que nos ofrecen, el estándar de oro para combatir el malestar inevitable de un mundo que colapsa, es centrarse en verse saludable, joven y lozana. Ah, y con suerte hacerse muy longeva. Cada vez se va grabando más a fuego la creencia en el inconsciente colectivo de que si conseguimos eso, nos sentiremos bien.
El equilibrio del que deriva naturalmente la salud se ha convertido de esta manera, en un bien de consumo empacado con listas de suplementación, rutinas estrictas, tratamientos avanzados, horarios de sueño hipervigilados, alimentación macrosupersónica y demás. Nos están enseñando a través de redes, publicaciones y podcasts, que cuidarnos significa controlar nuestro sistema nervioso a través de cálculos y protocolos estrictos, en vez de tener tiempo para experimentar las sensaciones físicas, cómodas o incómodas, de estar disponibles para sentir y abiertas para poder adaptarnos. Así la salud se convierte en una huida hacia adelante de todo aquello que nos incomoda porque socialmente no tenemos el sostén necesario para poder experimentarlo.
Se escuchan más y más voces señalando cómo socialmente vamos cercando los espacios personales de encuentro improvisado, de sorpresa, de lo inesperado, de generosidad, de disponibilidad a recibir lo otro. La pregunta es: ¿por qué? ¿por miedo?
Las nuevas generaciones ya no se acuestan tarde porque prefieren ‘ser productivas’ al día siguiente, contagiadas por esta fobia social a los picos de cortisol y al mal descanso. Personalmente, cada vez observo más en mí y en mi entorno una tendencia a priorizar el irnos a dormir pronto para tener una buena rutina al día siguiente, a sacrificar unas horas de sueño porque una amiga necesita atención y cuidados. De esta manera socialmente vamos aislándonos para proteger una idea de salud cada vez más frágil, menos sentida y más monitorizada.
Antes, el cuerpo era una fuente directa de conocimiento: el dolor, el cansancio o el hambre eran señales que aprendíamos a escuchar y traducir. Sentíamos y sabíamos. Hoy, en cambio, dudamos de nuestras propias percepciones.
Vamos buscando confirmaciones médicas, tecnológicas e incluso publicitarias para validar lo que sentimos. Esta pérdida de soberanía corporal nos ha desconectado de una intuición básica: la capacidad de distinguir qué nos sienta bien, qué necesitamos y cuándo algo no funciona.
Si hay un ejemplo ilustrativo sobre todo esto es lo que ocurre en el ámbito médico de las patologías femeninas, en mi opinión, una auténtica carnicería social. Es bien sabido, que históricamente el cuerpo masculino ha sido el estándar en la investigación médica. Las mujeres han sido excluidas de ensayos clínicos por sus fluctuaciones hormonales y muchos diagnósticos y dosis no están adaptados al cuerpo femenino, así como prótesis y cuestiones de biomecánica. Somos tratadas en la mayor parte del ámbito médico como ‘hombres más pequeños’ y listo. Este es un berenjenal en el que no vamos a profundizar hoy, pero toca directamente con la falta de investigación sobre condiciones ginecológicas y endocrinas de las mujeres.
Esta desventaja estructural si eres mujer probablemente la hayas vivido de una u otra manera en el ámbito clínico, tú misma o a través de una amiga, hermana o madre. Son muchas las que tienen menstruaciones completamente inhabilitantes y que se encuentran con una minimización de su dolor de manera sistemática. El típico: ‘tómate un ibuprofeno’. De hecho, se estima que la endometriosis puede tardar años en ser diagnosticada porque el dolor de las pacientes es frecuentemente normalizado o desestimado.
Otra patología que afecta principalmente a mujeres es la fibromialgia, la cual carece de la suficiente investigación como para poder identificar unos biomarcadores claros y se infradiagnostica constantemente, además de cuestionar la legitimidad del sufrimiento de quienes la padecen.
Esta negación sistemática del dolor tiene efectos profundos en la experiencia corporal de las mujeres, ya que cuando el dolor es puesto en duda la señal de alarma se intensifica. El cuerpo grita más fuerte para ser escuchado. Esta búsqueda de seguridad de la que hablábamos se quiebra irremediablemente cuando nos dicen, ‘eso no es para tanto’.
Se genera así una ratonera en la que buscamos en los protocolos y las instituciones algo o alguien que nos guíe y nos proporcione cierta seguridad sobre lo que nos ocurre. Sin embargo, generalmente nos encontramos con una sensación de inseguridad mayor, de negación e invalidación que exacerba la detección de peligro.
Es precisamente ante esta desigualdad estructural donde necesitamos más y más soberanía corporal: saber lo que necesitamos, confiar en que el cuerpo se comunica y que nosotras podemos entenderlo. Y para poder validar nuestra realidad sentida, a pesar de que nos contradigan en el afuera, necesitamos red. Necesitamos de otras para que haya una comunidad donde podamos sentirnos a salvo simplemente para poder sentir lo que sea que nos habite. Solo cuando el sistema nervioso se siente a salvo, solo cuando nos sentimos seguras, podemos verdaderamente sanar. Por lo que este pequeño artículo es simplemente un recordatorio de que la salud significa poder confiar en tu sensación física y tener un entorno que sepa acogerla. Y aunque nos lo pongan difícil, ese camino podemos construirlo.
Autora: Irene Arnaldo Martín
