ATARDECER

Automaltrato

Vivimos una época en la que escuchamos cada vez de forma más frecuente, como veíamos en el artículo anterior, palabras como maltrato, bullying, relaciones tóxicas… y lo escuchamos tan frecuentemente que, muy a nuestro pesar, van formando parte de nuestro vocabulario y de nuestras conversaciones cada vez más. Y no sólo hablamos de ello, o lo escuchamos en sesión, sino que lo vemos, y vivimos, a menudo a nuestro alrededor.

Son tantos y tan variados los casos, como los tipos de relaciones, ya sean laborales, de pareja, de compañer@s de colegio o instituto, de familia, de amig@s… qué parece inabarcable. Pero a la vez, el poner conciencia a esta problemática y darle cada vez más luz, nos invita a buscar más soluciones, más apoyo, más ayuda.

Hoy me gustaría hablar de un tipo de maltrato del que quizá no somos tan conscientes, un maltrato aprendido quizá, un maltrato sutil, y más silencioso a oídos del otr@, y que se da en la relación más importante que tenemos, la relación con nosotros mismos.

Desde nuestros primeros días, como bebés, aprendemos a sobrevivir en este mundo a través de nuestra relación con los demás, adaptamos nuestro comportamiento para conseguir lo necesario en cada momento, y es que de ello depende nuestra supervivencia… si lloro como, si sonrío me abrazan, si toso se ríen, o me cuidan, y un largo y variado etcétera de adaptaciones al otr@ y al medio para sobrevivir, que se van sucediendo a lo largo de toda nuestra vida, con distintas edades, distintas personas, distintos medios, pero con una misma idea, a veces escondida, necesito que me acepten y que me quieran, porque de ello depende nada menos que mi vida.

En esta adaptación a todo lo que nos rodea, vamos adquiriendo una serie de mandatos internos sobre cómo tienen que ser las cosas, y sobre cómo tengo que ser yo, introyectos que se van quedando a vivir con nosotr@s, marcando una línea de vida que no siempre tiene que ver con lo que verdaderamente somos, o sentimos.

¿Y quién somos? ahí radica el problema… Durante años hemos escuchado quién deberíamos ser, cómo deberíamos ser, incluso, y a veces con más frecuencia, quién NO deberíamos ser, o cómo NO deberíamos ser… algo que no ayuda, ni favorece, la relación con nosotr@s mism@s.

A menudo escucho en las sesiones a personas dolidas, repitiendo estos patrones y tratándose con tanta exigencia qué me enternece… personas muy capaces de ver, reconocer, incluso denunciar el maltrato fuera, pero con la dificultad de reconocer el interno.

Tienes que ser buen@, tienes que ser válid@, tienes que estar delgad@, ser guap@, ser alt@, ser exitos@, no puedes decir que no, tienes que sonreír, no levantes la voz, eres un desastre, así no vas a llegar a ningún sitio, te vas a quedar sol@, no te van a querer… y un larguísimo etcétera…

En ocasiones, les propongo imaginar que tienen en frente al niño o niña que fueron, y les invito a mirarle, y repetirle, si pueden, algunas de estas cosas… en rara ocasión lo consiguen, pudiendo tomar conciencia de la dureza con la que se tratan.

Este puede ser un buen punto de partida para mejorar la relación con nosotr@s mism@s, para conocernos, para saber quién somos, qué es nuestro y qué no, y cómo queremos que sea a partir de ahora nuestra relación más importante.

Autora: Mercedes Romero

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