Nuestras hijas e hijos son espejos de nuestras sombras. Incitan al coraje de mirarnos bien dentro. Y es que precisamente, ni ellas ni nosotras, merecemos menos.
La maternidad invita a la honestidad y a la vulnerabilidad.
Por tanto, no es un espejo narcisista. No le puedo preguntar quien es la más bonita del reino y que me devuelva mi imagen.

Nuestras hijas y nuestros hijos son el mejor proceso terapéutico si le queremos poner conciencia a la crianza.
Porque serán estas personitas de formato pequeño quienes nos señalen la sombra.
Nos devuelven la imagen de aquello que no hemos habitado, a lo que no le hemos puesto luz o al menos no la suficiente.
Vienen a enseñarnos, con mucha maestría, nuestros mecanismos de defensa. Alzan la voz, megáfono en mano, para gritar a los cuatros vientos como nos escapamos del dolor y cuales son nuestras limitaciones.
Vienen a dejarnos desnudas ante el resto del mundo. Y no es maldad ninguna, ni mucho menos venganza por haberles traído a este tóxico mundo (esto es otro tema), si no que es por amor. Nos enseñan la más honesta y vulnerable imagen de nosotras mismas, nos devuelven nuestra humanidad.
Nos ponen de relieve lo no integrado en nosotras, lo que necesita seguir siendo mirado y atendido. Aquello que está inmaduro, es decir, nuestra parte neurótica y no creída.
Nos tocan la herida con la más tiernas de las caricias pero hacen un daño infinito porque nuestra herida cala hacía lo más hondo de nosotras mismas.
Su origen nos devuelve a nuestro origen. Volvemos al punto de partida para recorrerlo de nuevo, esta vez conscientes y con más herramientas en favor de nuestra salud.
Porque, como decía Carl Jung en su mítica frase: “aquello que no aceptas te somete” o “Nadie se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente su oscuridad”
Cuanto menos queramos aceptar esas partes nuestras o cuanto más desconectadas estamos de ellas, más lucha se dará con nuestras criaturas. Que no es otra cosa que una lucha con nosotras mismas.

Bromeando antes de ser mamá, siempre decía dos frases. Ojo! no he dejado de decirlas, con la maternidad se han convertido en casi una ley.
La primera es que “tendré la desgracia de encontrarme con un hijo que quiera llevar el cinturón con la banderita de España y que transitoriamente confunda un aguilucho con una bandera de libertad”. “O con una hija que quiera llevar tacones y ponerse pinturas en la cara y no precisamente de guerra”. Pero más allá de la broma, que tiene una dulce forma de ir procesando la realidad, lo que siempre he querido explicar es que nuestras criaturas necesitaran revelarse ante nosotras, hacerse independientes a través de su propia forma y que cuanto más insistamos en una forma concreta, precisa, superior, acertada o idealizada para ellas más tenderán a la contraría. Porque nuestras criaturas vienen al mundo a ser genuinas y auténticas y no a parecerse a aquello que deseamos o esperamos de ellas y eso no es fácil de gestionar siendo madres/padres. Ya que no estamos limpias de expectativas y que el patriarcado nos ha configurado como es ser una madre o padre perfecto y esta sociedad capitalista y adultocéntrica nos enmarca como deben comportarse les hijes.
En una sociedad que adoctrina, la crianza respetuosa es una utopía a la par que una necesidad. Escuchar y atender las verdaderas necesidades de nuestros hijes y acompañar sin someter es un reto muy actual, en esta sociedad donde la infancia molesta y donde la maternidad se hace privada, se esconde en el hogar, se saca de las calles.
Y depositamos en las familias y especialmente en las madres el peso de la crianza de toda una generación entera, en silencio, a solas, cargando con esta responsabilidad infinita sobre nuestros propias hombros.
Y luego nos sorprendemos de las dificultades que tienen los adolescentes. De las muestras de transgresión tan violentas… Antes consumíamos drogas y bailábamso hasta el amanecer, en los 90 se transgredía así, desde la libertad y la evasión pero hoy en dia la adolescencia transgrede desde las adicciones enfocadas en móviles y redes sociales y desde las autolesiones y los intentos de suicidio.
¡¡Pues no dejemos la salud mental de toda una generación en madres aisladas y sobrepasadas!!
¡¡Cuidar la crianza es cuidar a las generaciones futuras!!
La otra frase que siempre he dicho es que “haría una hucha cuando me quedara embarazada para que a partir de los 18 se vaya a terapia, hacer el vínculo familiar y acuchillar cojines, dar manguerazos, mandarme mil cartas de odio, cortarme la cabeza, para finalmente poder aceptarme en mis aciertos y en mis errores, por tanto en mi humanidad.
Porque lo que está de mi mano es dar la mejor versión de mi misma, ponerle conciencia y responsabilizarme de mis errores para poder repararlos y lo que está de su mano es poder integrar todo esto. Y entender que en toda relación hay contacto, en todo contacto hay roce y en todo roce hay placer y dolor. Hay caricia y hay daño.
“Hije, te causaré dolor y espero poder repararlo si fuera necesario pero intentaré jamás hacerte daño”.
Precisamente es esto mismo, que quizá lo revolucionario en nuestra generación es aceptarnos equivocadas abiertamente. Esto es algo que nuestra madres y padres no pudieron transitar. Podían vivir el error internamente, quizá ellas con más culpa y ellos con más enfado pero espero que nosotras podamos seguir aceptándolo y mostrándolo.
“Hije perdona, ayer te hablé mal, estaba cansada y no tuve la paciencia que merecías, lo siento. Hoy si puedo estar para ti, ¿quieres que lo retomemos?”
“Hije, llevabas razón, he estado dándole vueltas a tus argumentos y ok, voy a probar a ver como funciona tu opción. Si no sale como esperamos volvemos a mis límites, ok?”
Como os decía, que nuestras criaturas nos traen el regalo, y el trabajo, de habitarnos las polaridades abandonadas, aquello de lo que habíamos huido. Aquello que pensábamos que ya no tendríamos que mirar más. Y volvemos al destierro de nuestras carnes.
Mientras somos madres nos convertimos en okupas. Hasta que habitamos las tierras de deshielo como legítimos hogares. Y a veces, en esos campos olvidados, crecen amapolas y girasoles.
Mi pequeño me espeja. Tiene mi sistema nervioso. Su padre madrugador se desespera ante su energía y creatividad nocturna, ante su resurgir por la noche, justo en el instante preciso: antes de irse a dormir.
Yo miro con asombro y me reconozco, así que me siento a acompañar con paciencia y con mimo. Sé que aprendiendo a regularme y a acompañarme a dormir le voy enseñando a él.
Recordándome que el límite es necesario, que la pausa es parte del ritmo y que el propio ritmo lento susurra nuevas melodías al alma.
Así aprendemos juntas, dispuestas a irnos a la cama tan temprano como nunca y tan necesario como siempre.
Mi pequeño me espeja una y otra vez.
Cariñosamente le apodamos “el faenas”. Porque enérgicamente colabora en todas las tareas de la casa por voluntad propia. Yo con humor pienso internamente: ¿esto le durará hasta la adolescencia?
Se pone a hacer la cama conmigo, a cocinar, a barrer… hasta tal punto que ahora en casa tenemos un cepillo y un recogedor de su tamaño. O sale al jardín, con su carretilla, y recoge hojas, inagotables en otoño en la sierra.
Busca qué hacer, en que mantenerse ocupado y busca hacerlo con nosotres.
Así que yo le miro, con sonrisa cómplice por un lado y con consciencia del espejo del que os hablaba. Me reconozco en él.
A mi me cuesta estarme quieta, sentarme a contemplar y no hacer nada.
Puedo estar en las tareas pero también puedo pintar, cocinar, escribir, cuidar el jardín y el huerto… pero mi hijo no me ve sentada en el sofá sin hacer nada. Sencillamente sintiéndome o escuchando el sonido de los pájaros o mirando las nubes.
Soy consciente de mi, si, pero en la acción… así que ahora procuro, que un ratito antes de irnos a dormir meditemos juntas. Nos sentamos o tumbamos y respiramos. Sin nada más y con todo esto.

En terapia llego a reirme mucho con mis pacientes cuando me hablan de sus crianzas.
El humor es imprescindible siempre, pero en un proceso de terapia, cuando puedes reírte con cariño de ti misma, es de lo más sanador que existe.
Por ejemplo R me dice que le está costando encajar el momento actual de su hija mayor. Que está demandante y quejicosa y que no le permite pasar tiempo con la bebe. Que aunque lo entiende, desde la entrañas, hay algo que le provoca rechazo… continuamos la sesión hablando de su madre, tomando conciencia de esa misma queja, de ese lugar de víctima que igualmente rechaza, como rechaza en sí misma, dejando ese lugar deshabitado, convirtiéndolo en sombra.
C me dice que está observando en su hija que hay algo de caos, que le preocupa la estructura que pueda construir. Y entre risas cómplices le recuerdo que es lo que más le atrapa a ella, donde más habita y de donde siempre quiere salir. Y vemos como en su semana pasan varios días por Madrid, otros por la sierra y otros en casa de los abuelos, incluso la peque va a dos escuelitas…
M lleva 8 años en terapia. Viene de una infancia de maltrato muy dura. Ha hecho el trabajo terapéutico más honrado y profundo que yo, hasta el momento, he tenido la suerte de acompañar. Y su talón de Aquiles es la vulnerabilidad.
Se le activa rápidamente y de manera automática una dureza implacable, que con amor y compasión intentamos calmar. Y esa dureza es hacía ella pero es igualmente hacía fuera. De lengua viperina y de dardo certero.
Y en la última sesión me compartió que su hijo, de 4 años, está diciéndole que no a todo… que la reta. Y que cuando ella le propone algo, le mira con tiranía y le dice “qué pesada”.
Le dolió verse en ese espejo en la sesión. Pero esta es la salida. Estar en ella, en la vulnerabilidad. Transparentarse humana, acompañar con compasión y poner límites con amor.
Todas ellas, cuando van habitando su sombra, dejan de rechazar eso en sus hijas e hijos. Y es entonces, desde esa aceptación, cuando se puede hasta trabajar, flexibilizar, gestionar…
Por tanto, ¿qué mejor que coger este guante que nos lanzan nuestras criaturas? Saltar a la piscina de la humanidad desnudas, con entrega y confianza.
Hay una frase de Elvira Sastre que me gusta mucho, y dice: “Te vi follar y fallar y no se cuándo me gustaste más: cuando te contemplé proclamándote diosa o cuando te observé confesándote humana”.
Todo esto me lleva a confirmar de nuevo la necesidad de la terapia mientras realizamos un proceso de crianza, bueno en realidad siempre. Pero es desde nuestro lugar de madres y padres que hay una responsabilidad que va más allá de mí misma, que es para con mis peques.
Por eso son tan importantes los grupos de crianza tanto con matiz terapéutico como con mirada feminista.
La construcción de la maternidad patriarcal nos encadena desde la culpa.
Nos dicen que la salud (incluida la mental) de la infancia depende del amor, el sacrificio y la dedicación de las madres. De esta manera, el patriarcado, borra la dimensión social y convierte una responsabilidad colectiva en culpa materna. Porque esta idea de maternidad pide presencia, juego, atención y regulación… pero una madre no puede llegar a todo eso, porque la realidad nos habla de agotamiento, sobrecarga, ansiedad, jornadas triples… y falta de tribu. No se puede ni debe criar, únicamente, desde la responsabilidad individual.
Necesitamos los grupos de crianza feministas y terapéuticos para (de)construir esta realidad, para ir creando nuevos referentes de madres libres y no sacrificadas. Madres conscientes y no abnegadas, madres despiertas y deseosas para colocar a nuestras criaturas en el mundo desde una nueva narrativa.
Para enseñarles a ellas a desear y no ser un objeto de deseo, a tener sueños, aspiraciones, necesidades propias y tiempo y prioridad para atenderlas…
Para enseñarles a ellos a que no son la prioridad siempre.
Que su mamá, que es mujer y esto lo hace aún más relevante en el aprendizaje, también necesita, que no está siempre a su disposición.
Una educación equitativa, con los mismos derechos y las mismas obligaciones sin que el género sea un yugo controlador.
Somos el modelo.
Somos los referentes.
Igual que nuestras criaturas nos espejan nosotras las servimos de base para su identidad, para construir su rol.
Para proyectarse en el mundo. Para amarse…

El consuelo final es cuando también comienzan a mirar al padre… ¡¡Ay queridos, ahora el reto de la psicoterapia es vuestro!!
Papis ponganse a trabajarse el cuidar, el vínculo, la gestión emocional… porque todo aquello que individualmente evitan aparecerá amplificado. Y todo aquello que a través del género poseen y que les hace privilegiados será atroz para las generaciones siguientes.
Hacernos responsables de nuestra salud es dar salud a nuestra descendencia.
Que ya tenemos los despachos llenos de niños y niñas que son los síntomas del malestar familiar. Qué son los síntomas de una guerra en una separación de pareja, que son los síntomas de un padre de masculinidad tóxica o de una madre sobrepasada, explotada y deprimida.
Nuestras criaturitas harán síntoma, reflejarán lo que sucede. Y en nuestras manos está responsabilizarnos de ello, tanto a nivel individual como a nivel colectivo.
Es el momento de políticas que generen condiciones dignas para cuidar. Que la culpa maternal no le sea funcional al sistema capitalista. Necesitamos garantizar el apego más allá del sistema.
Porque mi hija y/o mi hijo me refleja mi sombra, me indica donde mirar, donde ponerme a trabajar pero la infancia entera nos marca la sombra social, donde necesitamos trabajar en colectivo.
Autora: Lorena Polo Martín

