terapia con perros

Ser terapeuta es un acto de entrega profunda. Cada día me siento frente a diferentes personas y abro un espacio seguro donde puedan explorar sus emociones, enfrentar sus miedos y encontrar sentido a lo que están viviendo. Soy testigo de sus angustias, de sus heridas y también de sus conquistas. Pero, cuando la puerta de la consulta se cierra y llega el silencio, me acompaña mi propia soledad, una que no suele mencionarse y que forma parte inevitable de este oficio.

Una relación preciosa… pero asimétrica
La relación terapéutica es una de las pocas en las que alguien se desnuda emocionalmente mientras la otra -yo- permanece, en gran medida, en la sombra. Quien se sienta frente a mí tiene permiso para abrirlo todo; yo, en cambio, reguló con cuidado qué muestro y qué guardo.
Y es así porque debe ser así: el espacio terapéutico no es recíproco, está hecho para la persona que tengo delante.
Pero esa misma estructura implica que, a veces, después de horas de escucha profunda, vuelvo a casa habiendo sostenido tanto… y sin un sitio donde soltar lo mío.

El silencio después de cada sesión
Otra parte difícil de esta profesión es que mucho del trabajo ocurre en silencio. No hay trofeos, no hay medallas, no hay finales claros. Acompañamos procesos, pero no siempre vemos cómo terminan. Hay personas que cierran de forma preciosa y otras que un día simplemente no vuelven, dejándonos con preguntas que nunca tenemos ocasión de responder.
Ese silencio pesa.
Ellas se van más ligeras; yo me quedo con los ecos de sus historias, resonando por dentro cuando la consulta ya está vacía.

La responsabilidad emocional… y el cansancio que no se nombra
Yo no solo escucho: siento con la otra persona. La empatía es mi herramienta principal, pero también es un desgaste real. Escuchar durante días, meses o años relatos de dolor, trauma o desesperanza deja un poso dentro.
A veces aparece esa fatiga del alma que conocemos bien, la fatiga empática: ese agotamiento profundo que nace de sostener demasiado.
Y es entonces cuando mi propia soledad se hace más evidente: ¿dónde pongo yo todo esto?, ¿quién me escucha a mí?

El tabú de mostrarse vulnerable
Todavía sobrevive la idea de que la terapeuta debe ser una roca inquebrantable, alguien que nunca tiembla. Esa expectativa —propia y ajena— nos hace mucho daño.
Porque claro que me tambaleo. Claro que hay días que me superan. Claro que hay historias que me atraviesan más de lo que digo.
Pero incluso entre colegas, a veces cuesta mostrarse vulnerables por miedo a parecer menos competentes.
Y así es como muchas veces gestionamos algunas emociones, en silencio, sin querer preocupar a nadie, sin querer fallar.

Conectar profundamente… y terminar desconectada
En sesión estoy verdaderamente conectada: presente, sintonizada, atenta. Cada emoción de la persona que tengo delante importa.
Pero esa conexión está delimitada por el marco profesional. Es real, pero no es mutua. Y cuando la hora termina, vuelvo a mí misma… y a veces ese regreso es abrupto.
Hay días en los que te das tanto emocionalmente que luego cuesta conectar con la vida personal.

Cuidarme para poder cuidar: formas de acercarme a mí misma
La soledad forma parte del camino pero no tiene por qué engullirme. Con el tiempo he aprendido que también necesito mis espacios, mis sosténes, mis rituales… y mis redes.

  1. Supervisión y apoyo profesional
    La supervisión no es solo técnica: es también un lugar donde me permito decir lo que me pesa. Rodearme de colegas con quienes hablar desde la honestidad me recuerda que no estoy sola en esto.
  2. Mi propia terapia
    Tener un espacio donde yo soy la que habla, la que se expone, la que es mirada… me equilibra. Me devuelve humanidad
  3. Límites saludables
    Aprender a no llevarme cada historia a casa. A cerrar la puerta y también cerrar por dentro. A dedicarme ratos que no tengan nada que ver con la psicología.
  4. Relacionarme desde la reciprocidad
    Cultivar amistades, vínculos, espacios donde puedo mostrarme sin rol, sin contención, sin la capa profesional. Donde puedo ser simplemente yo
  5. Autocuidado real, no decorativo
    Mover el cuerpo, escribir, crear, respirar, parar. Recordarme que también merezco mi propio bienestar, que mi trabajo es acompañar… pero no desvivirme.

Al final, se trata de reconocerme entera
La soledad de la terapeuta es silenciosa pero muy real. No es una soledad física sino emocional: escuchar sin ser escuchada, sostener sin ser sostenida, conectar sin reciprocidad.
Pero también puede convertirse en un espacio de introspección, de calma y de crecimiento si me permito mirarla de frente.
Porque para cuidar bien a otras, no puedo olvidarme de cuidarme a mí.
Antes que terapeuta, soy persona. Y esa verdad es la que me sostiene.

 

Autora: Mercedes Romero Quirantes

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