Hoy quiero hablar del ghosting, por su alta incidencia en la actualidad y por la repercusión que tiene en la salud mental de las personas que lo sufren. De hecho, en la clínica es un motivo de consulta cada vez más frecuente o una experiencia que aparece en procesos terapéuticos ya iniciados.

El ghosting ocurre cuando una persona con la que tienes o estás construyendo un vínculo —alguien a quien conoces desde hace semanas o meses, con quien hablas a diario, o incluso una amistad ya asentada y cercana— desaparece repentinamente de tu vida. Deja de responder mensajes, llamadas o cualquier intento de contacto, sin dar explicaciones, incluso cuando parecía que el vínculo avanzaba de forma positiva o ya formaba parte de tu vida.

Es cierto que esta práctica, “pasar de alguien sin dar explicaciones”, no es nueva. Probablemente ha existido desde los inicios de las relaciones afectivas. La literatura y los mitos ya hablaban de ello: Don Juan se pasaba la vida haciendo ghosting, y en la mitología griega encontramos el relato de Eneas en la Eneida, quien se enamora de Dido, comparten días de amor y planes de futuro, y cuando los dioses le recuerdan su destino, se marcha por la noche con sus barcos sin despedirse de ella.

Sin embargo, en la actualidad, la tecnología ha favorecido que el ghosting se convierta en una conducta mucho más frecuente. El acceso constante al mundo emocional del otre, especialmente a través de redes sociales y aplicaciones de mensajería, hace que la desaparición sin explicación sea una opción sencilla y socialmente normalizada. Esto ha reducido la práctica de decirse las cosas, debilitando habilidades de comunicación necesarias cuando una relación nos incomoda o deja de funcionar. Y en ese proceso se pierde algo fundamental para la vida en sociedad: la corresponsabilidad emocional hacia las demás.

Quien ghostea suele preferir “dar el portazo”, salirse del escenario que ha creado y que ya no le resulta cómodo, sin hacerse cargo de lo que deja dentro. El vínculo queda desdibujado, y la otra persona permanece en un escenario vacío, con una relación sin alma, sin cierre, sin existencia.

Además, es la propia tecnología la que puede intensificar el impacto psicológico en quien lo sufre. El acceso constante a estados, conexiones y posibles señales del otre dificulta la elaboración del duelo, prolongando la incertidumbre y la necesidad de comprender lo ocurrido. La persona ghosteada suele recurrir a todos los medios disponibles para intentar dar sentido a esa ruptura silenciosa, lo que incrementa la rumiación y la búsqueda incesante de explicaciones.

Esta experiencia dolorosa no suele ser ajena a nadie. Ya sea en la propia piel o a través de personas cercanas, es fácil reconocer los efectos que dejan este tipo de pérdidas. El cerebro no descansa: intenta encajar las piezas, revisa conversaciones, busca señales, se pregunta una y otra vez qué falló, qué se hizo mal o qué podría haberse evitado si se hubiera actuado de otra manera.

El problema no está en que el cerebro busque respuestas. Hacerlo es una necesidad básica para comprender lo ocurrido y poder reubicarse en una nueva realidad. La verdadera dificultad aparece cuando esas respuestas no se encuentran fuera. En ausencia de una explicación externa, tendemos a realizar una atribución interna, asumiendo que la desaparición del otre tiene que ver con algo que hemos hecho mal o con algo que falla en nosotres.

Esto resulta especialmente doloroso porque, hasta ese momento, la relación solía percibirse como algo que no solo iba bien, sino muy bien. Existía la sensación de ser elegides, comprendides y aceptades, y la expectativa de un futuro compartido parecía cada vez más real. Integrar que la misma persona que se mostraba ilusionada y presente haya decidido marcharse de forma abrupta supone un proceso emocional complejo, que a menudo incrementa la sensación de responsabilidad y la urgencia por entender algo que necesita tiempo para elaborarse.

De un día para otro, ese vínculo especial se rompe. Pero no solo se pierde la relación en sí: también se pierde la mirada del otre, esa mirada que nos reconoce y nos confirma como alguien valioso. Sabemos que la identidad no se construye en soledad, sino en relación con las demás. Necesitamos ser vistos para sentir que existimos de forma plena.

Cuando una persona significativa desaparece sin previo aviso, esa fuente de reconocimiento se corta de golpe y deja un vacío difícil de nombrar. No es solo que el otre ya no esté, sino que deja de situarnos en su mundo, y con ello se tambalea nuestro propio lugar en el mundo. Algo de nuestra existencia queda suspendido en esa ausencia, como si pasáramos, de repente, de ser alguien para alguien a no ser nadie para nadie. Y cuando no hay explicación, el silencio amplifica la herida: no permite cerrar, elaborar ni dar sentido a la pérdida.

¿Qué ayuda cuando te han hecho ghosting?

Lo primero que ayuda es ponerle nombre a lo que ha pasado. El ghosting no es simplemente una desaparición, sino una forma de ruptura sin palabras que deja a quien la vive en una posición de desconcierto y desamparo emocional. Comprender que el dolor que aparece no es exagerado ni inmaduro, sino una respuesta comprensible ante una pérdida sin explicación, ya supone un primer alivio.

También ayuda dejar de buscar respuestas donde no las hay. El silencio del otre empuja a una búsqueda constante de explicaciones: releer conversaciones, imaginar errores, preguntarse qué se hizo mal. Sin embargo, en muchos casos, esa ausencia de respuesta habla más de las dificultades del otre para sostener el conflicto o la despedida que del propio valor personal. Aceptar que quizá no habrá un cierre externo permite empezar a construir un cierre interno.

Desde la psicología, es fundamental validar la experiencia emocional. El ghosting no solo duele por la pérdida del vínculo, sino también por el impacto que tiene en la autoestima y en la sensación de ser vistos. Por eso, resulta reparador rodearse de personas que sí estén disponibles emocionalmente, que ofrezcan una mirada sostenida y confiable. Volver a sentirse reconocides en otros vínculos ayuda, poco a poco, a reparar la sensación de invisibilidad que deja este tipo de experiencias.

En algunos casos, este proceso puede ser especialmente difícil de transitar en soledad. Cuando el malestar se prolonga, se intensifica o interfiere en la vida cotidiana, contar con un acompañamiento terapéutico puede ser un paso importante. La terapia ofrece un lugar donde poner palabras a lo ocurrido, ordenar la experiencia y acompañar la elaboración emocional sin juicios ni prisas, respetando los tiempos de cada persona.

Por último, puede resultar reparador reconstruir el propio relato. El ghosting suele dejar la historia suspendida, como si faltara un final. Poder pensar lo vivido desde una mirada más compasiva —reconociendo lo que fue, sin idealizarlo ni minimizarlo— ayuda a recuperar sentido. A veces, comprender que el otre no pudo estar o no supo despedirse permite soltar sin borrar la importancia de lo vivido.

Todo este recorrido por el mundo interno de la persona ghosteada tiene como finalidad hacer un llamamiento al cuidado y a la corresponsabilidad emocional. Es necesario reconocer que, en cualquier vínculo, nuestras decisiones y formas de actuar tienen un impacto directo en el bienestar emocional de la otra persona. Esto no implica responsabilizarnos de cómo el otro gestiona sus emociones, sino asumir la parte que nos corresponde en cómo comunicamos, cómo ponemos límites y cómo cerramos una relación.

Los finales poco claros o abruptos pueden generar confusión, inseguridad y una sensación de desvalorización difícil de elaborar. Por eso, promover la corresponsabilidad emocional supone cuestionar prácticas como el ghosting y apostar por formas de relación más conscientes, donde el cuidado y el respeto no desaparezcan cuando el vínculo deja de funcionar. Entender que también somos responsables de la manera en la que nos vamos es un paso fundamental para construir relaciones más sanas, tanto a nivel individual como colectivo.

 

Autora: Susana Narbona

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