¿Qué es el suicidio?
Hablar de suicidio no es fácil. Y hablar de suicidio en adolescentes puede resultar todavía más difícil. Hoy en día, el suicidio es uno de los fenómenos más preocupantes de nuestra sociedad a nivel mundial , tratándose de una de las principales causas de muerte prematura entre jóvenes de 15 – 29 años (OMS, 2021 a). En España, los últimos datos consolidados del Instituto Nacional de Estadística (INE) muestran que en 2024 se produjeron 3.953 fallecimientos por suicidio.
El suicidio es el acto de quitarse deliberadamente la propia vida. Es una conducta compleja y multifactorial que aparece en un contexto de sufrimiento intenso, desesperanza, entre otros factores, que pueden limitar la capacidad de la persona para percibir alternativas. Confluyen condicionantes biológicos, psicológicos, sociales y culturales (Lari & Sefiddashti, 2023), que interfieren en la libertad de la toma de decisiones.
Para algunas personas, la ideación suicida puede aparecer como una forma de intentar poner fin a un dolor que perciben como insoportable y sin salida. En ese momento, puede existir una profunda ambivalencia entre el deseo de vivir y el deseo de dejar de sufrir. Se puede tener la idea de suicidio como intención, pero no llevarlo a cabo. Por este motivo, cualquier verbalización relacionada con el suicidio debe tomarse en serio. Poner palabras a esta realidad, comprenderla y aprender a detectar señales de alarma, es una de las herramientas más importantes que tenemos para prevenirla.
El Ministerio de Sanidad cuenta además con un Plan de Acción para la Prevención del Suicidio y promueve la Línea 024 de atención a la conducta suicida. Es una línea telefónica confidencial, gratuito y disponible 24 horas al día de ayuda a personas con pensamientos, ideaciones o riesgo de conducta suicida, y a sus familiares. En caso de emergencia vital inminente, se recomienda llamar directamente al teléfono de emergencias 112.

¿Por qué la adolescencia puede ser una etapa de especial vulnerabilidad?
La adolescencia es una etapa evolutiva de importantes transformaciones físicas, emocionales, psicológicas y sociales, que pueden generar mucha confusión y malestar en el menor. Durante estos años, se producen cambios significativos en el desarrollo cerebral relacionados con la regulación emocional, el control de los impulsos, la valoración de las consecuencias y la sensibilidad a las recompensas. Estas capacidades continúan madurando durante esta etapa, lo que puede aumentar la vulnerabilidad ante determinadas situaciones de estrés especialmente cuando se combinan con otros factores de riesgo. El mundo social, sentirse aceptado, formar parte de un grupo y construir una identidad propia, adquiere una especial importancia. Experiencias como el rechazo, el aislamiento, el acoso escolar (Bullying, ciberacoso, etc.), sentirse discriminado o determinados conflictos familiares pueden tener un impacto emocional profundo.
Factores de riesgo
Podemos hablar de múltiples factores – biológicos, psicológicos, sociales, culturales y ambientales – que influyen en el riesgo de conducta suicida.
a) Psicológico y de Salud mental: Durante la adolescencia podemos encontrar problemas de salud mental, como trastornos depresivos, ansiedad, trastorno bipolar, etc.; Tener una baja autoestima, dificultad para desenvolverse con el grupo de pares, sentimientos de culpa o desesperanza, aislamiento o dificultad para pedir ayuda, son factores que pueden aumentar la vulnerabilidad.
b) Factores familiares y relacionales: Las relaciones familiares tienen un papel fundamental en esta etapa, y es que estar expuesto a situaciones de conflicto familiar intenso , violencia, abuso físico o psicológico, negligencia, ausencia de apoyo emocional, puede interferir en el menor.
c) Relaciones con los iguales: En esta etapa, el adolescente por lo general necesita sentir que conecta y pertenece a un grupo de iguales. Esto le ayuda a construir y desarrollar su identidad. El bullying, el ciberacoso, el rechazo social, la exclusión o determinadas experiencias de humillación pueden generar sentimientos profundos de soledad y desesperanza.
Señales de alerta
En algunos casos, el adolescente con ideación suicida puede experimentar una profunda ambivalencia entre el deseo de vivir y el deseo de dejar de sufrir. Puede sentir que no encuentra otra salida a su malestar, por ello es tan importante observar e identificar a tiempo posibles señales. No existe una única señal, pero si podemos observar ciertos cambios respecto a su funcionamiento habitual.
1. Pensamiento:
Frente a un problema, la muerte se convierte en la única solución, no es capaz de visualizar otras posibles salidas. Con el tiempo este pensamiento se hace cada vez más fuerte. Comienzan a darse expresiones de desesperanza, comentarios como “no puedo más”, “no tiene sentido seguir”, “Estaríais mejor sin mí”.
2. Emociones:
- Aparecen sentimientos intensos de desesperanza, tristeza, culpa, soledad, irritabilidad. Fuerte sensación de vacío. Cambios bruscos emocionales.
- Falta de interés generalizado, apatía, retraimiento y aislamiento social, dificultad para mantener la atención.
3. Conducta:
- Cambios importantes en hábitos de sueño y alimentación: Alteración en la alimentación, pueden comer a deshoras, falta de apetencia o por el contrario, comer sin moderación. Cambio en el sueño, dificultad para conciliar el sueño, despertares nocturnos, etc. Falta de higiene o cuidado personal.
- Conductas impulsivas o de riesgo: autolesiones
4. Vincular:
- Aislamiento o retraimiento social.
- Pérdida de interés por actividades que antes le gustaban.
- Falta de comunicación
¿Cómo podemos intervenir?
La intervención dependerá de las características y del nivel de riesgo de cada adolescente. Si un adolescente verbaliza que ha pensado en morir o en suicidarse, no debemos ignorarlo. Debemos tratarlo con seriedad y no minimizarlo, juzgarle, ni intentar convencerlo rápidamente de que “todo va a estar bien”. En primer lugar, necesitamos generar un espacio seguro en el que el adolescente se pueda abrir y compartir cómo está. Para ello es importante escucharle, sin interrupciones, que se sienta recogido y comprendido. Felicítale por habértelo contado y hazle saber que siempre podrá contar con tu apoyo. Después de escucharle, podemos hacer de manera tranquila preguntas más directas sobre cómo está. Otras veces, el adolescente no comunica su malestar y es el adulto quien identifica estas señales de alarma. En ambos casos, se necesita realizar una evaluación profesional del riesgo. La intervención puede incluir diferentes niveles según su gravedad:
- Realizar una evaluación profesional del riesgo: Realizar una evaluación psicológica del menor y del riesgo, para asegurar la seguridad del menor.
- Iniciar una intervención psicológica, que trabaje con el menor y su familia.
- Valorar la necesidad de atención psiquiátrica
- Coordinarnos con otros entornos importantes, como el centro educativo.
- Evaluación y posible intervención con seguimiento continuado de psiquiatría.
- Trabajar en los factores de protección que se explican a continuación
Es muy importante que el seguimiento sea continuado, sobre todo cuando el nivel de riesgo es elevado, ya que un intento de suicidio previo es un factor de riesgo.
Factores de protección
Existen hábitos saludables que podemos trabajar de cara a cuidar la salud mental de nuestros adolescentes.
- Vínculos familiares y sociales seguros que le ayuden a sentirse querido, valorado escuchado y aceptado.
- Fortalecer la red de apoyo, para mejorar el sentimiento de pertenencia y conexión social: Fomentar espacios de encuentro social que ayuden al menor a desarrollar estrategias de afrontamiento y habilidades sociales de cara a fortalecer su red social. Puedes apuntarle a una actividad, como a un deporte en equipo, clases de pintura, scouts, grupo de jóvenes.
Acceso a atención psicológica y sanitaria
Comunicación: A veces los adultos tenemos miedo a hablar sobre suicidio o malestar emocional. Prevenir es también generar un espacio de comunicación, preguntar por cómo estamos, qué tal se siente en clase, en casa, cómo está consigo mismo…La prevención comienza generando espacios donde el menor pueda decir también: “no estoy bien” y que alguien le querrá escuchar.
Hábitos saludables:
– Sueño y alimentación: Mantener horarios regulares de sueño y cuidar la alimentación, son aspectos importantes para la salud física y psicológica. El National Institute of Mental Health (NIMH) y otras entidades de pediatría, resaltan la importancia de dormir entre 8 y 10 horas.
– Actividad Física: El ejercicio físico puede ayudar a mejorar el estado de ánimo, reducir el estrés y la regulación emocional. No hace falta que sea un deporte competitivo. Caminar, bailar, ir a nadar, practicar tenis, etc.
– Creatividad y expresión: La pintura, la música, el baile, el teatro, la pintura, la escritura, etc. Las actividades creativas pueden ayudar a expresar las emociones, a conectar con una misma, construir una identidad, compartir con otras personas, etc.
– Gestión de la ansiedad
– Evitar sustancias tóxicas (alcohol y drogas), ya que su consumo puede afectar al desarrollo cerebral durante esta etapa evolutiva.
– Aprender a pedir ayuda
Aprender a pedir ayuda es uno de los factores protectores más importantes. Sentirnos escuchados, compartir cómo nos sentimos y sentirnos cuidados puede salvarnos. Si necesitas ayuda, en España está La línea 024, que es un teléfono disponible 24 horas al día, confidencial y gratuito. Esta atención no sustituye la valoración y acompañamiento de profesionales sanitarios.
Autora: Carlota Alfaro Lobera

