Hay algo curioso que a menudo nos ocurre cuando llegan las vacaciones… después de meses esperándolas, añorándolas, acabamos llenándolas de expectativas.
Esperamos descansar, desconectar, aprovechar el tiempo, viajar, leer esos libros pendientes, retomar aficiones olvidadas, o hacer todo aquello para lo que no hemos encontrado tiempo durante el resto del año.
Y, sin darnos cuenta, convertimos el verano en un proyecto más.
Como si también existiera una forma correcta de descansar.
Como si hubiera que aprovechar estas semanas de una manera especial.
Quizá por eso no siempre resulta tan fácil parar.
Porque una cosa es disponer de tiempo y otra muy distinta saber qué hacer cuando el ritmo afloja.
Durante gran parte del año vivimos inmersos en una especie de inercia que apenas nos deja espacio para detenernos.
Hay horarios que cumplir, responsabilidades que atender, personas que cuidar, problemas que resolver y decisiones que tomar. Vamos enlazando una tarea con otra, una semana con la siguiente, un mes con el siguiente. Y casi sin darnos cuenta, acabamos funcionando en automático.
No siempre porque queramos.
Muchas veces porque sentimos que no hay otra opción.
Por eso, cuando el verano llega y el ritmo disminuye, algunas personas descubren algo inesperado: les cuesta parar.
Hay quienes llenan las vacaciones de planes, actividades y compromisos. Hay quienes siguen pendientes del trabajo, revisando correos o pensando en lo que tendrán que hacer cuando regresen. Y también están quienes, cuando por fin paran, se encuentran con un cansancio mucho más profundo del que esperaban.
A veces pensamos que lo que necesitamos es descanso físico. Dormir más horas, desconectar unos días o cambiar de escenario. Y, sin duda, todo eso puede ayudarnos.
Pero no siempre es suficiente.
Hay un cansancio que no se quita durmiendo.
Es el cansancio de quien lleva demasiado tiempo sosteniendo.
Sosteniendo responsabilidades, preocupaciones, expectativas, emociones propias y ajenas.
Sosteniendo la sensación de que tiene que poder con todo.
Sosteniendo una imagen de fortaleza que, en algunos momentos, termina convirtiéndose en una carga.
Quizá por eso, cuando el ruido disminuye, aparecen cosas que habían quedado en segundo plano.
La tristeza que no habíamos podido escuchar.
Las dudas que fuimos posponiendo.
La sensación de vacío que quedaba escondida entre las obligaciones.
O simplemente la necesidad de reconocer que estamos más cansados de lo que nos permitíamos admitir.
En consulta es frecuente escuchar frases como: «No sé qué me pasa, si ahora debería estar bien» o «Tengo vacaciones y, sin embargo, me siento rara».
Y tal vez no haya nada extraño en ello.
Quizá lo que ocurre es que, por primera vez en mucho tiempo, existe espacio para sentir.
Vivimos en una cultura que valora enormemente la productividad, la eficacia y la capacidad de seguir adelante. Aprendemos a resolver, a organizarnos, a responder. Pero pocas veces aprendemos a detenernos.
Y detenerse tiene algo de incómodo.
Cuando dejamos de correr, dejamos también de distraernos de algunas preguntas importantes.
¿Cómo estoy realmente?
¿Qué necesito?
¿Qué cosas llevo demasiado tiempo sosteniendo?
¿Qué partes de mi vida funcionan por costumbre y cuáles siguen teniendo sentido para mí?
Tal vez por eso, el difícil arte de soltar, no consiste en abandonar nuestras responsabilidades ni en dejar de comprometernos con aquello que es importante.
Soltar tiene más que ver con aflojar.
Con dejar de exigirnos constantemente.
Con permitirnos no estar disponibles para todo el mundo, todo el tiempo.
Con aceptar que no siempre podemos llegar a todo.
Con dejar de medir nuestro valor por lo que hacemos o por lo mucho que aguantamos.
Quizá lo más valioso de este tiempo no tenga que ver con hacer algo extraordinario.
Quizá lo verdaderamente especial sea disponer de algunos momentos para nosotras mismas.
Momentos sin objetivos, sin productividad y sin expectativas concretas.
Momentos para leer, pasear, contemplar, descansar o simplemente no hacer nada.
Momentos para recordar que no siempre necesitamos aprovechar el tiempo; a veces basta con habitarlo.
Y quizá el verano pueda ser precisamente eso: una invitación a recordar que no necesitamos ser fuertes todo el tiempo.
Una oportunidad para parar, respirar un poco más despacio y escuchar qué necesitamos cuando dejamos de correr para llegar a todo.
Porque, a veces, lo más especial que podemos hacer en verano no es vivir experiencias extraordinarias ni llenar nuestros días de planes.
Es dedicarnos tiempo.
Tiempo para estar.
Tiempo para sentir.
Tiempo para descansar sin culpa.
Tiempo para escucharnos con más amabilidad de la que solemos permitirnos durante el resto del año.
Sin prisa.
Sin presión.
Sin tener que demostrar nada.
Simplemente habitando el momento presente.
Autora: Mercedes Romero Quirantes

